Lirio

 

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Eran las nueve de la mañana en la ciudad de Villahermosa, sentado afuera de un supermercado esperaba la llegada de Sebastián de la Cruz. El viento soplaba suave, aumentando su temperatura con el pasar de los minutos; las miradas que recibía de la gente me hacían sospechar que mi barba crecida de meses me impediría pasar desapercibido.

A lo lejos veía a Sebastián caminar hacia donde yo me encontraba, estrechamos nuestras manos y tomamos un taxi colectivo; reservado al principio, me platicó poco de su oficio. Meses atrás había buscado su contacto, quedé muy sorprendido al saber que él pertenecía a una familia que había encontrado por primera vez en el lirio acuático un elemento natural para crear artesanías y diversos elementos de compleja hechura.

Preparé el viaje por mi cuenta, el avión de la Ciudad de México a Villahermosa hacía un par de horas, pero había que tomar otro transporte a Nacajuca, lugar que se encontraba a 24 kilómetros de la capital tabasqueña. El trayecto era lento, el sol cocía la piel de mi brazo izquierdo el cual, asomado por la ventana, trataba de encontrar alivio en el húmedo aire de aquellos lares.

Llegué al local del artesano, comencé mi labor fotográfica luchando contra una fiebre leve que había cobrado fuerza con los cambios bruscos de temperatura. Me platicó más sobre su trabajo, su abuelo Julián Hernández de la Cruz había tenido la fabulosa idea de usar el lirio acuático como materia prima para crear artesanías. Para algunos lugareños esa bella planta representaba una plaga, un molesto bulto de hierba que cubría sus pozas, así que la familia de la Cruz la limpiaba y aprovechaba para tejer tapetes y bolsas.

Sebastián había heredado el conocimiento sobre la obtención y uso de esta fibra natural, dando un paso primordial dentro de su familia: hacerse cargo del grupo de artesanos, comercializar sus productos no sólo fuera del estado de Tabasco sino también fuera de México y tal vez, lo más importante, enseñar la tradición familiar a otros artesanos mexicanos.

La tarde llegó y yo partí en busca de un lugar para pasar la noche. Sólo encontré un sórdido hotel en el centro de la ciudad; mi habitación parecía que vivía la mitad de la Guerra Civil Española, insectos aparecían de vez en cuando mientras yo veía el termómetro marcar 38º. Salí al balcón, una iglesia de cantera rosa se erigía en medio de la diminuta ciudad. El cielo lunar iluminaba de forma particular los objetos, cené un atún con galletas y dormí esos sueños que las enfermedades respiratorias regalan.

Al otro día, el sol me recibió particularmente ardiente. El azul celeste, profundo y abrigador, me prometía la luz propicia para las fotografías que me agradan, salí de la habitación, crucé un par de calles hasta llegar a un bar donde un sujeto me gritó: −¡hey tú, barbón, te voy a partir tu madre!−. Avancé de forma normal sospechando que mi vello facial era el principal problema; subí a una combi que me llevaría de nuevo con Sebastián.

Él se encontraba ahora mucho más relajado ante la cámara, fuimos juntos a recoger lirio a una comunidad cercana a su casa. Una camioneta fue nuestro transporte en el cual atravesamos numerosos lugares extraordinarios para mí: enormes ríos, comunidades mayas, pozos petroleros, pantanos, grandes extensiones de tierra sin ninguna montaña. En la mitad del trayecto un grupo de hombres me gritó Osama bin Laden y aseguraron que traía una bomba en la mano (mi cámara). Sebastián se reía comentando lo notoria que era mi barba por aquellos lugares.

Llegamos a una laguna cubierta casi en su totalidad por lirio, mi acompañante se introdujo entre la maleza de la laguna seleccionado y cortando los más útiles para su trabajo. Una nube de mosquitos atacaba las partes de mi cuerpo que no estaban protegidas por ropa, lo cual complicaba bastante la toma de las imágenes; luego de una rato con la ayuda de su hijo, subieron los lirios hechos rollo en la camioneta y emprendimos el regreso.

En su casa me dio los pormenores del laborioso tratamiento que lleva el lirio, su secado al sol y la posterior dosificación de azufre que eran claves para asegurar la durabilidad del trabajo. Llegó la hora de la comida y fui invitado a compartir alimentos no sin antes realizar sendos agradecimientos por éstos; una deliciosa mojarra fue mi deleite luego de una larga jornada de trabajo.

Llegó la hora de la despedida, me subí al transporte público comenzando mi camino de regreso a la Ciudad de México; no sería la última vez que vería a Sebastián ya que las imágenes que registré ese par de días fueron expuestas en la gran urbe. Una de ellas fue publicada en un librito del Conaculta en el cual dan propaganda a artesanos mexicanos; meses después, recibí la noticia de que Sebastián había sido invitado a exponer en un centro cultural en Coyoacán donde podría vender sus artesanías. Lo visité y le tomé el siguiente retrato, teniendo por seguro que ahora ya contaba yo con un buen amigo:

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