La flauta mágica

Ya me había acostumbrado a los días lluviosos de aquel clima tropical cuando mi compañero Lin Hung Che y yo nos dirigíamos a la búsqueda de un prodigioso cazador. Campos de arroz y paisajes selváticos atestiguaban nuestra ruta a través de Taiwán.

Aquella tarde húmeda nos recibía con unas colosales nubes que devoraban las altas montañas de la isla. Buscábamos la dirección de Piteyro, un taiwanés nativo que se dedicaba a difundir la cultura del pueblo truku.

El hogar de Piteyro se encontraba casi en las faldas de una cordillera montañosa. Todo era verde, la sinfonía de las cigarras y grillos nos daba la bienvenida. Los truku son una de las 14 culturas milenarias nativas de Taiwán; estos pueblos se enfrentaron en cruentas batallas contra diversos conquistadores a lo largo de toda su historia. Hoy, cada pueblo trata de resistir a la invasión cultural de occidente que amenaza sus tradiciones y lenguas.

Mi interés por la documentación de modificaciones corporales nos había llevado a aquel lugar. Es tradición del pueblo truku portar tatuajes en el rostro los cuales simbolizan etapas de transición entre la juventud y la adultez. Es una práctica que casi se ha perdido por completo, así que Piteyro optó por continuar la vida tradicional del cazador truku usando además de los tatuajes en el rostro: orejeras, ropa tradicional hecha a mano, herramientas para cazar y portar armas tradicionales.

Él cuenta con un permiso especial del gobierno taiwanés para transitar por las montañas en busca de jabalís para cazar. Cargado de arco y flecha se lanza a través de la selva para hallar a su presa, capturarla y regresar con ella viva en los hombros. Estos animales salvajes son muy peligrosos, pero él conoce técnicas ancestrales para apresarlos vivos y así emprender el regreso triunfal a través de montañas y ríos cargando a un enorme jabalí.

Una vez en su hogar, Piteyro comenzó a platicarnos la importancia de preservar y difundir las culturas de cada pueblo originario. Al calor del té negro nos contó su trajinar como cazador, nos habló sobre su proyecto pedagógico dedicado a la producción de instrumentos musicales rituales que sus ancestros usaban en ceremonias. En la época antigua éstos servían también para llamar a las almas de los guerreros que habían sido decapitados; la melodía las llamaba y así el guerrero vencedor podía cuidar de esa ánima formando parte de un ente colectivo.

Piteyro y su amable esposa nos vistieron con un traje ritual y nos ofrecieron guiarnos por su hogar. A Lin Hung Che y a mí nos sorprendió mucho la cantidad de huesos de jabalí que tenían en su taller, flechas y mandíbulas se encontraban por doquier. Su ajuar de cazador estaba hecho de maderas y huesos conseguidos de árboles y animales de la región justo como sus ancestros lo hacían.

En el afortunado lapso de tiempo que nos encontramos con su compañía no podía dejar de pensar en las similitudes con los pueblos originarios del continente americano. El maremágnum homogeneizador mantenía a las culturas nativas en una constante guerra cultural, la desaparición, mezcla y olvido eran las sentencias globales en todos los continentes.

Colores, procesos para fabricar ropa, patrones y diseños, todo eso me indicaba lo próximos que América y Asia eran. Estábamos más cerca de lo que usualmente se cree, incluso, los rostros de las personas nativas en aquella isla tan lejana eran idénticos a personas que yo conocía en mi país. Veníamos todos del mismo lugar dejado atrás por nuestros ancestros en la búsqueda de mejores lugares para vivir hace ya miles de años.

En aquella latitud tan aparentemente lejana yo me sentía como en una familia que se reencuentra luego de mucho tiempo. Me imaginaba a los cuatro sentados en lo alto de una montaña alrededor del fuego platicando sobre estrellas y dioses, planeando la ruta para cruzar el Estrecho de Bering.

Luego de conversar sobre las virtudes e historia de la flauta mágica invocadora de almas, mi amigo Hung Che y yo partimos por nuestra ruta hacia una siguiente aventura a lo largo de las enormes montañas de la isla. Un nuevo tripulante ocupaba un lugar en el auto, un fantasma que nos decía de forma muy clara: “Todos venimos del mismo lugar, todos los humanos somos una sola familia”.

A continuación las imágenes de aquel día: