13 Jun 2021

Cuentos / Short stories

El rodeo

Tenía 7 años cuando mi padrastro me llevó al rodeo de su pueblo. Fue en algún lugar semidesértico de Morelos. Habíamos viajado en carro desde la Ciudad de México y mi madre había manejado todo el camino.

Unos 5 minutos antes de llegar, cambiaron lugares; ser el copiloto en un carro manejado por una mujer era para mi padrastro una tremenda humillación ante su familia y amigos. Tenía un par de meses que había aprendido a manejar, pero la carretera aún le daba temor.

La tarde empezaba a enrojecer las cosas; el viento del Pacífico despejaba con fuerza y cortesía el denso tufo de sudor, polvo, sangre y aguardiente. Se acumulaba en el sitio un olor dulce y nauseabundo.

Un grupo de hombres con sombrero, reatas, botas desgastadas y sonrisas furiosas, se encargaban de meter a los toros al rodeo, ya fuese para matarlos o para morir por sus cuernos y pisotones. Mientras más ardua fuera la batalla más regocijo brotaba de las gradas. De pronto, algo rompió el cause natural del ritual. Un toro no quiso pelear.

Entró al rodeo a paso lento. Miró a su alrededor como si llevara semanas triste o perdido. No entendíamos bien qué sucedía. La muchedumbre reía y gritaba desaforada. El grupo de hombres alegres empezaron a torear al animal. Al principio le pegaban con las reatas, le aventaban vasos con restos de cerveza u orines. Pero el animal seguía quieto. Sólo movía sus enormes ojos negros rodeados de unas pestañotas gruesas.

Tenía cuernos chicos, sin filo, parecían más bien de cabra. El tiempo empezó a prolongarse. La gente se hartó y una negra algarabía los poseyó. El deseo de sangre se ensanchaba. Uno de los hombres más sonrientes sacó un látigo corto con el que empezó a pegarle al toro. Fue allí cuando empecé sentir una tremenda pena por el animal.

Había visto el degüello de cabras y gallinas, pero a diferencia de aquéllos, ese toro tenía algo de humano, como si fuese un joven asustado a punto de morir destrozado, como si yo pudiera estar en su lugar a punto de ser linchado por una multitud enardecida.

La alegría de las personas en las gradas se desbordaba justo como la espuma de sus chelas. Varias personas empezaron a patear al torito; lo cacheteaban y le escupían; le aventaron piedras, le pegaron con la hebilla de sus cinturones. El toro seguía sin moverse.

Mi padrastro estaba fascinado por la escena, miraba su cara iluminada por ese sol rojo, sus dientes rebotaban la luz como si fuesen el cofre de nuestro carro. Había una conexión entre su putrefacción personal y aquél sacrificio. Destilaba su resentimiento con esa escena. Estaba pleno.

La escena empezó a ser muy incómoda, incluso para los más animados. El animal sangraba de su rostro y nalgas, incluso le pegaban en los genitales y aún así no se defendía, llevaba unos minutos temblando de dolor. Mi madre empezó a discutir con mi padrastro. Había algo en el aire de aquel momento que años después reconocería muy bien, era el aroma del peligro, el perfume de la muerte. Mi madre me subió al auto. Él manejó.

Estaba bien pedo, pero manejaba bien. Como como diciéndome: mira, ya no tengo miedo, mira, soy un hombre. Reconócelo. Anochecía y todo el camino de regreso lo escuché hablar de política.

Apaga un incendio con alcohol

Tenía unos 8 años cuando vi a mi padrastro envuelto en llamas, como si fuese una pira funeraria.

Tenía unos 8 años cuando vi a mi padrastro envuelto en llamas, como si fuese una pira funeraria.
Estábamos en Tepoztlán, era primavera y todo se embellecía de flores e insectos. Dentro de la cocina, la luz del medio día hacía aparecer a las cosas en su forma más prístina, emergían desde la obscuridad del universo ante mis ojos, objetos que ahora en retrospectiva veo como si fuesen la más lograda poesía.
El tragaluz del techo iluminaba uniformemente las cosas; relucía divina la trama blanca del mantel hecho a mano, este evitaba que una sencilla mesa de madera se manchase sobre todo de café; la losa rojiza de barro mostraba el desgaste del pasar de nuestros pies; los pájaros y las cigarras, cantaban con placentero vigor.
Un insecto grande entró volando por la puerta haciendo un ligero sonido de chicharra. Tenía un cuerpo piramidal. Se posó en la mesa y estuvimos conviviendo un rato. Su brújula eran dos largas antenas a penas más pequeñas que sus patas traseras, larguísimas que por cierto, eran como dos pequeñas guadañas. El Alcoholero se estremecía ante cualquier movimiento u onda sonora y cada que lo tocaba emitía un olor raro que se posaba en mi olfato entre lo repugnante y lo agradable.
Repentinamente, escuché un sonido eléctrico/tétrico. El recital de pájaros e insectos se enmudeció y toda mi realidad se enrareció: vacía y llena, angustiante y apacible. La muerte urdía su propio ambiente y a pesar de que yo no la conocía, algo en mí la conocía. De alguna forma, sin saberlo, sabía que todo había cambiado terriblemente.
Mi madre salió corriendo a ver qué sucedía. Yo la seguí, frente a mí vi un incendio en forma de persona. La bola de fuego se movía como en un ataque de epilepsia. Se veía una mano agarrada de un largo tubo que a su vez tocaba los cables de alta tensión de la calle.
Mi madre atizó con un palo y tremenda enjundia aquella mano hasta que el cuerpo se liberó del tormento eléctrico. Su cuerpo mantenía el fuego y con su camisa mi madre apagaba fúrica las llamas con una fuerza y rapidez inauditas.
Me sacaron de la casa y me llevaron con unos vecinos. Ellos fingían no saber lo que había sucedido para no tocar el tema. Desde la ventana, vi cómo se llevaban aquel cuerpo rojo e hinchado, envuelto en jirones achicharrados en una ambulancia.
El sol se acercaba a su canícula y las cosas se aplastaban con el poder de la luz. Las cigarras fueron las primeras en cantar otra vez; me senté a esperar a que algo sucediese, a que me sacaran de aquella casa extraña; mi tía Silvia regresó luego de unas horas por mí, su cara estaba más verde que pálida. Al entrar a la casa el ambiente estaba repleto de ese peculiar olor del Alcoholero. Lo busqué y lo hallé aplastado sobre el piso de barro, al parecer al momento de salir corriendo alguien lo había pisado por accidente. Mis suelas limpias me libraron de culpa.
El fuego que envolvió el cuerpo de mi padrastro también se esparció por los bosques de su mente. Jamás reverdecería otra vez. Esa fue la muerte y el nacimiento de un ser destinado a apagar el incendio de su alma con alcohol.

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