5 Mar 2021

Cuentos / Short stories

El rodeo

Tenía 7 años cuando mi padrastro me llevó al rodeo de su pueblo. Fue en algún lugar semidesértico de Morelos. Habíamos viajado en carro desde la Ciudad de México y mi madre había manejado todo el camino.

Unos 5 minutos antes de llegar, cambiaron lugares; ser el copiloto en un carro manejado por una mujer era para mi padrastro una tremenda humillación ante su familia y amigos. Tenía un par de meses que había aprendido a manejar, pero la carretera aún le daba temor.

La tarde empezaba a enrojecer las cosas; el viento del Pacífico despejaba con fuerza y cortesía el denso tufo de sudor, polvo, sangre y aguardiente. Se acumulaba en el sitio un olor dulce y nauseabundo.

Un grupo de hombres con sombrero, reatas, botas desgastadas y sonrisas furiosas, se encargaban de meter a los toros al rodeo, ya fuese para matarlos o para morir por sus cuernos y pisotones. Mientras más ardua fuera la batalla más regocijo brotaba de las gradas. De pronto, algo rompió el cause natural del ritual. Un toro no quiso pelear.

Entró al rodeo a paso lento. Miró a su alrededor como si llevara semanas triste o perdido. No entendíamos bien qué sucedía. La muchedumbre reía y gritaba desaforada. El grupo de hombres alegres empezaron a torear al animal. Al principio le pegaban con las reatas, le aventaban vasos con restos de cerveza u orines. Pero el animal seguía quieto. Sólo movía sus enormes ojos negros rodeados de unas pestañotas gruesas.

Tenía cuernos chicos, sin filo, parecían más bien de cabra. El tiempo empezó a prolongarse. La gente se hartó y una negra algarabía los poseyó. El deseo de sangre se ensanchaba. Uno de los hombres más sonrientes sacó un látigo corto con el que empezó a pegarle al toro. Fue allí cuando empecé sentir una tremenda pena por el animal.

Había visto el degüello de cabras y gallinas, pero a diferencia de aquéllos, ese toro tenía algo de humano, como si fuese un joven asustado a punto de morir destrozado, como si yo pudiera estar en su lugar a punto de ser linchado por una multitud enardecida.

La alegría de las personas en las gradas se desbordaba justo como la espuma de sus chelas. Varias personas empezaron a patear al torito; lo cacheteaban y le escupían; le aventaron piedras, le pegaron con la hebilla de sus cinturones. El toro seguía sin moverse.

Mi padrastro estaba fascinado por la escena, miraba su cara iluminada por ese sol rojo, sus dientes rebotaban la luz como si fuesen el cofre de nuestro carro. Había una conexión entre su putrefacción personal y aquél sacrificio. Destilaba su resentimiento con esa escena. Estaba pleno.

La escena empezó a ser muy incómoda, incluso para los más animados. El animal sangraba de su rostro y nalgas, incluso le pegaban en los genitales y aún así no se defendía, llevaba unos minutos temblando de dolor. Mi madre empezó a discutir con mi padrastro. Había algo en el aire de aquel momento que años después reconocería muy bien, era el aroma del peligro, el perfume de la muerte. Mi madre me subió al auto. Él manejó.

Estaba bien pedo, pero manejaba bien. Como como diciéndome: mira, ya no tengo miedo, mira, soy un hombre. Reconócelo. Anochecía y todo el camino de regreso lo escuché hablar de política.

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