Tempestad

Bebiendo un café frío frente a un diminuto parque, conmemoraba lo existido: pedazo a pedazo, todas las imprevistas aventuras cursadas hasta ese punto: mi primer beso, mi más estrepitosa derrota, el día de mi graduación, mi primera borrachera, las medusas azules que encontraba muertas en la playa, mi triciclo azul Apache, el puré de papa que mi madre me cocinaba, los partidos de fútbol a media calle. Tolo lo transcurrido me licuaba en un mustio ciclón individual, que nadie jamás recorrería. El sol iluminaba los pocos árboles del diminuto parque, mientras yo surfeaba por mis antiguos amaneceres comunes, navegaba por esas noches temerosas; lo perdido y ganado eran piezas que construían el jazz que había sido yo, una serie de improvisaciones y actos de locura sobre los herméticos torrentes de la razón. Aquella reverberancia humana, locuaz, ufana, me bañaba con la condecoración al tramoyista, con su show de evento internacional, con arreglos florales de boda mexicana, siempre escabullendo el hecho más certero: mi ineludible fin. Mientras pudiera seguiría fotografiando las desatinadas notas rojas del pentagrama mexicano, patinando sobre sus sacrificios aztecas en primera persona; continuaría hurgando en los rincones paisajes renacentistas, bodegones del más espléndido horror, para que otro día, sentado, bebiendo un café frío frente a un invisible parque, acaeciera sobre mí, otra vez, la tempestad de los propios tiempos.

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